Irak. El Ministerio de la Muerte en el banquillo de los acusados

El sistema de salud iraquí va camino a la ruina. Los hospitales públicos del país, donde otrora se practicaba la mejor medicina del mundo árabe, se convirtieron en escenario de numerosos sobornos, robos y de un clientelismo asesino. Mientras se dispara la pandemia de COVID-19 en el país, los intentos de reforma del “Ministerio de la Muerte” hasta ahora son letra muerta.

En el hospital temporal de 525 camas construido en el Centro de Exposiciones de la Feria Internacional de Bagdad para frenar la propagación de la pandemia de COVID-19
Ahmad Al-Rubaye/AFP

Una mujer vestida con una abaya, sentada en un pasillo lúgubre, avanza a los tumbos, sollozando: “ella estaba en la unidad de cuidados intensivos cuando los médicos me advirtieron que le iba a faltar oxígeno y que si yo no lo traía, se moriría. Buscamos por todos lados, pero no encontramos…” El video, que se volvió viral en las redes sociales, narra la historia de una familia cuya madre padece COVID-19 y es llevada a la sala de reanimación del hospital de Nasiriya, donde muere debido a la escasez de tubos de oxígeno. La familia no llegó a conseguir a tiempo el oxígeno que habría salvado la vida de la paciente.

“En Nasiriya sobre todo, pero también en otras partes, los hospitales se enfrentan más que nunca a un abandono por parte del Estado. Hemos visto correr a familias de enfermos, intentando obtener tubos para sus familiares”, confirma Hardy Mede, doctor en Ciencias Políticas e investigador en el Centro Europeo de Sociología y de Ciencias Políticas (CESSP), de la Universidad Paris 1 Panthéon-Sorbonne. Un médico de Di Car afirma que en el hospital al-Hussein de su ciudad “fallecieron 31 pacientes en reanimación debido a una falta de oxígeno durante cuatro horas”.

Aunque el virus llegó con retraso, ahora Irak se puso a la par de muchos otros países donde la pandemia causa estragos. En el mes de junio, la cantidad de contagios aumentó un 600%, desbordando rápidamente a un servicio de salud pública a la deriva. El 19 de agosto, se registraban 184.709 casos positivos y 6.036 fallecimientos. Ese mismo día, Irak superó incluso los 4.576 casos en 24 horas, un récord desde el comienzo de la epidemia.

“Nos falta hasta paracetamol”

En 2015, los gastos del Estado en salud representaban menos del 1% del presupuesto, contra 3,6% en Jordania, 3,8% en el Líbano o 4,1% en Irán. Justificada con frecuencia por la guerra contra la organización Estado Islámico, la escandalosa falta de inversiones tampoco dio tregua en 2019, año de una paz relativa. Con un presupuesto anual total de 106.500 millones de dólares, sólo 4.800 millones fueron atribuidos al Ministerio de Salud, contra 19.000 y 14.000 millones destinados respectivamente a las fuerzas de seguridad y al Ministerio de Petróleo.

Más allá de la falta de recursos, los hospitales públicos están carcomidos por una hipercorrupción que ya existía con Sadam Husein, pero que se multiplicó desde su caída en 2003. Sarkaut Shams, parlamentario miembro de la Coalición del Futuro, explica ese estado ruinoso por una multitud de intermediarios, de contratos y de encargos que dificultan el rastreo del dinero gastado por el Ministerio de Salud. “Hasta ahora sigue siendo uno de los ministerios más corruptos”, explica Shams.

Todos los años, el Estado selecciona e importa los medicamentos para sus hospitales. Kimadia, la empresa pública responsable de esas importaciones bajo el régimen de Sadam Husein, se vio afectada por el embargo y luego por la guerra. Con frecuencia endeudada y mal financiada, solo cubre el 25% de las necesidades del país en materia de medicamentos. En 2018, faltaban o no estaban disponibles más del 85% de los medicamentos básicos y esenciales para los hospitales iraquíes, a pesar de los 800 millones de dólares inyectados en Kimadia. Ese dinero fue absorbido rápidamente, e incluso generó una deuda de 455 millones de dólares.

La insolvencia de Kimadia llevó al gobierno a recurrir a otros actores para la importación de medicamentos. Se trata de profesionales sin experiencia en el comercio de la salud, y no siempre honestos ni motivados por el interés colectivo y nacional. “En Irak hay un tráfico ilegal de medicamentos. Quienes están a cargo de las importaciones para el ministerio con frecuencia están vinculados a partidos políticos o a las élites del poder. Los medicamentos adquiridos a veces son falsificaciones o productos de mala calidad a precios exorbitantes”, analiza Hardy Mede. La sobrefacturación, los robos de stocks y las importaciones de medicamentos falsos corroen a diario a un país cuya esperanza de vida alcanza apenas los 70 años, contra 72 y 82 para el promedio mundial y el francés respectivamente.

Para Karam Mahmud, farmacéutico desde hace once años, “es más fácil enumerar los medicamentos que tenemos que los que no tenemos. A veces hasta nos falta paracetamol”. Ruaa al-Amin, médico en un hospital de Nasiriya, acredita ese testimonio. “El personal hospitalario creó una red caritativa que asocia a médicos y farmacéuticos para pagar algunos medicamentos que no están disponibles en el hospital o son demasiado caros, con el objetivo de no dejar morir a algunos pacientes pobres.” La salud pública pende de un hilo, el de la solidaridad ciudadana: “Determinamos el tratamiento en función del paciente que lo necesita. Luego recolectamos el dinero con el conjunto de voluntarios del hospital y transferimos la suma recolectada a una farmacia. La familia del paciente se presenta allí con un cupón especial que le entregamos y que le cubre el tratamiento. Eso lo hacemos con frecuencia en el caso de las quimioterapias. Pero en nuestros hospitales no faltan solamente esos tratamientos específicos. A veces algunas familias deben incluso adquirir y traer su propio gotero y jeringas… ¡Es una locura, la población no debería depender de este fondo común! Debido a la humillación que podría representar esta mendicidad, algunos pacientes prefieren renunciar a recibir un tratamiento…”

Calzado médico Gucci

Además de la falta de medicamentos, los médicos atienden en infraestructuras vetustas y con materiales que datan de la era de Sadam Husein. Desde entonces, casi no se ha creado ningún hospital público nuevo. Ello se debe, una vez más, a una corrupción servil, dice Sarkaut Shams. “Hubo decenas de proyectos de construcción que no llegaron a nada debido a la corrupción”, asegura. La cantidad promedio de camas por habitante –1,2 cada 1.000 habitantes– está por debajo de la media de la región.

La falta de recursos aumenta la presión sobre los hospitales. Obtener una fecha de operación o simplemente una consulta con un especialista puede demorar mucho tiempo. Esta congestión de la oferta de salud pública exacerba la corrupción. Desde hace mucho tiempo (aunque el fenómeno retrocede desde la aparición del sector privado), pagar un soborno al director de un hospital permite obtener más rápidamente una fecha de operación, reservar una habitación privada más confortable e incluso multiplicar el paso de los enfermeros por la habitación. Ruaa al-Amin, como muchos médicos interrogados, es testigo de esos pequeños arreglos. Impulsado por una remuneración media muy baja (entre 700 y 800 euros para un médico), parte del personal médico adhiere a ellos.

“Hay una broma que nos hacemos con mucha frecuencia entre colegas. Cuando uno se queja, respondemos irónicamente: ‘No hables mal de nuestro ministerio, que nos brinda calzado médico Gucci’”, cuenta Ruaa al-Amin. La amarga ironía proviene de un escándalo que data de 2017. En su momento, el Ministerio de Salud selló un contrato de varias centenas de miles de dólares con una empresa de calzado médico descartable, que los médicos utilizan a diario. “Nos faltan tratamientos contra el cáncer y a veces hasta materiales básicos, pero nuestro ministerio aprueba un contrato lucrativo por calzado médico. No somos idiotas, todos sabemos que es un intento de sobrefacturación muy mal disimulado”, comenta la joven médica de 25 años, hastiada de un sistema médico cuyos fondos desaparecen sin ningún disimulo.

La corrupción de las cantinas

Tannaz (su nombre de pila ha sido modificado) es médica en el hospital al-Kindi de Bagdad. Cuando la joven firmó su primer contrato con el Ministerio de Salud, leyó atentamente el detalle de su remuneración y vio que habían sustraido 330.000 dinares (235 euros) mensuales de su recibo de sueldo. La suma representaba el 30% de su sueldo y correspondía a las comidas que sirve la cantina de su establecimiento. La joven no protestó y firmó. Desde entonces recibe, al igual que sus colegas, una transferencia bancaria mensual, sin ningún detalle del pago. “Las comidas que nos sirven durante nuestro tiempo de servicio no son decentes ni siquiera para alimentar a una mascota”, responde Tannaz a la pregunta de cuándo se topó por primera vez con la corrupción en su carrera profesional.

Muchos médicos confirman la existencia de esos gastos de restauración que muchos asocian con la sobrefacturación y el robo. Algunos, irritados de perder tanto salario y deseosos de obtener la libertad de comer fuera de las cantinas de los hospitales, intentaron eliminar la cláusula. “A los que se resistieron los amenazaban de muerte si no desistían”, cuenta Tannaz.

Ali Ahilali, de 36 años, huyó de Irak por esa razón. En 2016 fue elegido delegado del personal por 345 médicos del hospital al-Yarmuk. Enseguida visitó la cocina del establecimiento. “Faltaban decenas de kilos de carne y de alimentos. Lo que pagó el Ministerio de Salud había desaparecido. Exigí que encontraran lo que faltaba y que alimentaran dignamente al personal. El director terminó diciéndome que si no me callaba, alguien me mataría. Le pregunté quién lo haría, pero no quiso responderme. ¡El peso económico de esa mafia es enorme!”. Intimidado, Ahilali renunció y abandonó Irak para ejercer su profesión en Dinamarca.

El exilio de los jóvenes agrava la penuria

En esas condiciones, Irak tiene grandes dificultades para retener a sus jóvenes egresados de medicina. “El mes pasado, el ministro de Salud vino a visitar el hospital donde trabajo, y ese día de repente aparecieron en el hospital todos los ‘medicamentos vitales’ que nunca habíamos tenido a disposición”, cuenta Tannaz. Ruaa al-Amin recuerda también las ambulancias encargadas por su hospital: “Llegaban nuevitas, pero totalmente desequipadas. ¡Se habían robado hasta los almohadones!”

Los médicos iraquíes viven a diario esas insólitas historias de robos. Los jóvenes graduados de medicina son codiciados por Jordania, Egipto y el Líbano. Irak posee una tasa muy baja de médicos y de enfermeros por habitante. En 2018, la tasa era de apenas 2,1 enfermeros y parteros cada 1.000 habitantes, mucho menor que en Jordania (3,2) y en el Líbano (3,7). Peor aún, Irak solo cuenta con 0,83 médicos cada 1.000 habitantes, una tasa también muy inferior al resto de Oriente Medio. “Después de la invasión estadounidense del año 2003, muchos médicos iraquíes conocidos y reconocidos internacionalmente abandonaron el país. En su mayoría eran suníes, ya que con el gobierno de Sadam Husein, los suníes tenían un acceso privilegiado a los estudios superiores y a las becas para estudiar en el exterior”, analiza Hardy Mede.

Contratos clientelistas

El nivel del sistema de salud disminuyó asimismo debido, sobre todo, a una política administrativa clientelista. “Si la salud está tan corrompida es en esencia porque desde el año 2003 está sometida a la política de cupos. Esta práctica se extiende a todos los niveles administrativos, e incluso a los jefes de servicio”, analiza Raid Fahmi, exministro de ciencia y tecnología y miembro del Partido Comunista Iraquí.

Para ser admitidos en una facultad de medicina e incluso para obtener el diploma, algunos no dudan en hacer valer su fidelidad al partido en el poder. “Todos los partidos iraquíes quieren obtener los famosos ‘ministerios de servicios’, y sobre todo el Ministerio de Salud, para contentar a sus militantes y de ningún modo para servir a la población en su conjunto. En estos tiempos de pandemia, el partido que controla el Ministerio de Salud lo usa en provecho de sus propios militantes”, asegura Sarkaut Shams. Hardy Mede corrobora: “El acceso a los cuidados de la salud está muy personalizado y politizado. Puedo conseguir con mayor facilidad un turno con un médico, una cama para mi esposa o medicamentos inencontrables si soy militante del partido. Para un iraquí, adherirse al partido que controla el ministerio implica acceder a un mejor servicio público de salud”.

Tannaz estima que la crisis de la COVID-19 no ha hecho más que exacerbar esa lógica clientelista y partidaria. “En este momento trabajo en un servicio dedicado únicamente al virus. Los pacientes necesitan Actemra, un medicamento muy caro en el mercado negro. El vial puede llegar a costar varias centenas de dólares. Hemos tenido faltantes y nuestro ministerio nos reabasteció varias veces, pero cuando se lo pedíamos a la dirección para recetarlo, nos decían que no quedaba más. El Movimiento Sadrista, que administra el Ministerio de Salud, roba los medicamentos escasos. También he visto camas de cuidados intensivos respiratorios reservadas para vips, miembros de milicias, familiares de parlamentarios, etc… Varios de mis pacientes que también necesitaban acceder a esos servicios han muerto porque esas personas habían tomado su lugar”, cuenta la joven médica.

Cánceres tratados en India

La COVID-19 no es el único desastre sanitario que revela la hipercorrupción del sistema médico iraquí. El cáncer, muy mal tratado en el país, también es un indicador significativo. En 2018, el Ministerio de Salud solo había importado 4 de los 59 tratamientos que recomienda la OMS como esenciales para luchar contra el cáncer. “Si el paciente no tiene el dinero suficiente para hacerse tratar en el extranjero o comprar su tratamiento, es muy probable que no sobreviva”, explica la médica Ruaa al-Amin. En India, el Líbano e incluso en Irán, las familias iraquíes que pueden hacerlo gastan centenas de miles de dólares para salvar a su familiar enfermo. En julio de 2017, el Ministerio de Salud iraní reveló que cada año ingresaban un promedio de 374.000 iraquíes al país por turismo médico. En 2018, el gobierno indio otorgó por su parte 50.000 visas médicas para los iraquíes, que gastaron 500 millones de dólares en cuidados de salud en ese país.

“Desde hace 17 años, el hospital público sirve sobre todo para enriquecerse a través de sobornos y grandes contratos. Desde 2003, la corrupción en ese ministerio se eleva a más de 10.000 millones de dólares”, afirma Sarkaut Shams. Varios exministros de salud iraquíes contactados han rechazado nuestros pedidos de entrevista. Alaa Alwan, ministro que renunció en 2019 debido a una “corrupción insalvable”, respondió nuestras preguntas en una entrevista que incluimos a continuación.

# Traducido del francés por Ignacio Mackinze.