Francia-Israel. ¿Lobby o no lobby? (1)

Un código de silencio que viene de larga data

Investigación · Como marcado a fuego por la expresión “lobby judío” utilizada por la extrema derecha antisemita, el empleo de la palabra lobby en relación a los pro Israel genera debate. Si bien algunos prefieren hablar de “círculos de influencia”, de “redes formales” e “informales”, todo el mundo está de acuerdo en que durante los últimos veinte años ha aumentado la presión de los influentes pro Israel, que pugnan por deslegitimar a los partidarios de Palestina.

15 de enero de 2017. Manifestación de protesta contra la «Conferencia de París por la Paz en el Medio Oriente» a petición del CRIF y de varias organizaciones
Pierre Constant/AFP

Es poco común que un artículo tenga que hacer una suerte de preámbulo sobre el tema mismo de su investigación para evitar los juicios de intenciones que parece inducir el empleo del término “lobby” yuxtapuesto a Israel. En un país como Francia, no hay ningún impedimento para hablar del “lobby de la caza” o del “lobby pronuclear”. ¿De dónde vienen las dudas semánticas de algunos y el pesado clima de sospecha reinante al hablar de “lobby pro Israel”?

Para empezar, la palabra “lobby”, común y corriente en Washington, habitual en Bruselas, siempre da que hablar en París. En primer lugar, porque se trata de un anglicismo que apareció en Londres a comienzos del siglo XIX para designar a quienes recorrían los pasillos de la Cámara de los Comunes para convencer a los legisladores británicos sobre la pertinencia de tal o cual actividad, a veces en perjuicio del interés general. La lengua francesa prefiere el empleo de “grupo de presión”, lo que en cierto modo significa lo mismo, pero privilegia esa frase porque la denominación “lobby judío” pertenece desde la década de 1930 al lenguaje de la extrema derecha antisemita, influyente en los ambientes políticos y culturales de preguerra. La violencia de los ataques contra Léon Blum o Jean Zay, la desmesura de los escritos de Louis-Ferdinand Céline, Paul Morand y algunos otros le apuntaban antes que nada al “lobby judío”, cuya existencia por cierto era ampliamente fantaseada, ya que la comunidad judía francesa de entonces estaba poco estructurada y en la mayor parte de los casos, secularizada.

En un momento en que el antisemitismo conoce un recrudecimiento notable, y sobre todo una visibilidad aumentada en las redes sociales, hablar de lobby, aunque se lo complete con el término “proisraelí”, parece estar connotado de una cierta infamia. Y sin embargo, la mayor parte de mis interlocutores utilizan el término de una u otra forma, porque es lo más adecuado. “No emplearé la palabra lobby, pero se parece mucho a eso”, estima Bruno Joncour, diputado del Movimiento Demócrata (MoDem) por la circunscripción de Saint-Brieuc, antes de utilizarla él mismo un poco más tarde en nuestra conversación: “El lobby proisraelí le apunta sobre todo a los ámbitos económicos, culturales y mediáticos. En el plano político, algunas asociaciones se muestran dinámicas para presentar a Israel y su política sin escatimar en recursos”.

Redes de influencia muy reales

Así que el peso y la utilización de las palabras son una realidad que excede las divisiones políticas tradicionales. Un exdiplomático de alto rango que ocupó puestos en varios países de Oriente Próximo, incluido Israel, prefiere hablar de “lobby sionista”, y constata que la palabra lobby “está connotada como excesiva”. ¿Excesiva o negativa? “ La palabra lobby tiene una connotación negativa, casi conspirativa”, estima por su parte la historiadora Frédérique Schillo, especialista de las relaciones entre Francia e Israel. “El CRIF [Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia] se hace eco de la palabra de la derecha nacionalista israelí, difunde un discurso muy dominador, una fascinación por la potencia de los líderes iliberales y de los personajes públicos totalmente descontracturados, modelos de demagogia. Pero en Francia también existe un desinterés por la causa palestina, que se ha convertido en un conflicto de baja intensidad, y el terrorismo hizo que los franceses y los israelíes se acercaran mucho”.

Para Clémentine Autain, diputada de La France Insoumise por Seine-Saint-Denis, el problema no es tanto la palabra sino la realidad, esa increíble presión que ella misma sufre cada vez que se expresa sobre el tema en la Asamblea Nacional, en su circunscripción y –en las contadas ocasiones en que lo permiten, silencio obliga– en los medios de comunicación (con la notable excepción del canal France 24). “Actualmente, quien critique la política del gobierno israelí y defienda la causa palestina se somete a una presión enorme, y enseguida lo tildan de antisemita. Hay que ser muy fuerte”, explica la diputada. “Pero no me gusta la palabra lobby, me incomoda. El tema me remite de inmediato al lobby judío, porque las palabras tienen una historia, una resonancia, es algo que no es racional. Pero sí se puede hablar de ‘círculos de influencia muy activos’, sin duda”.

“No hay un lobby; hay individuos, digamos, influentes”, dice una de sus colegas de la Asamblea Nacional por el partido La República en Marcha (LREM). “Pero es cierto que atacan con virulencia, y cuando te tienen en la mira, no te largan más.” “Las redes de influencia proisraelíes lograron un apoyo muy real en los movimientos políticos, por ejemplo, en el Partido Socialista, que está lleno de gente que ya no plantea la cuestión del apoyo a Israel”, explica Jacques Fath, ex responsable internacional del Partido Comunista Francés (PCF). “Por otra parte, eso contribuyó a un largo proceso de debilitamiento del papel de Francia en la región.”

Apoyos declarados

Pero otros no tienen reparos para utilizar la palabra. “Yo empleo la palabra lobby sin dudarlo. El CRIF actúa como un lobby y reivindica abiertamente que apoya a Israel”, explica Rony Brauman. “El lobby proisraelí existe política e intelectualmente, y es formal e informal. La presión ejercida da resultados, así que la gente no quiere que esa presión le caiga encima”. Otros prefieren mantenerse en un anonimato prudente. “Lo sufrí bastante”, dice un universitario. “El lobby es la Embajada de Israel, ELNET1, el CRIF, explica. “Tienen recursos muy importantes. Es bastante normal que las empresas vayan a buscar mercados a Israel, pero es mucho más pernicioso para la clase política y para los periodistas, que son el blanco de operaciones de propaganda.” “La expresión lobby proisraelí no es chocante, porque el lobby es real”, agrega un adjunto de la alcaldía de París. “El lobby proisraelí lleva a políticos a Israel para hacerles ver la realidad de las cosas, es capaz de hacer descubrir cosas”, explica François Pupponi, proisraelí, diputado de Sarcelles, un exmiembro del Partido Socialista actualmente afiliado al grupo parlamentario del Movimiento Demócrata (MoDem). “No hay que negar la evolución de la política israelí, de la derecha israelí y de la sociedad israelí, sino que hay que hacer que esa evolución se descubra”. A eso se dedica una organización como ELNET, cuyo objetivo es presentar la mejor cara de Israel a los encargados de tomar decisiones políticas y económicas, y también contrarrestar las iniciativas de los propalestinos. ELNET constituye una parte de la expresión pública del CRIF (ya volveremos a ocuparnos de estos dos organismos).

“Francia no les importa un pito en Jerusalén”

El debate parece interminable entre los partidarios del empleo de la palabra lobby y quienes son más reservados. “No creo verdaderamente en el lobby. Eso funciona en Estados Unidos, y hasta cierto punto, porque se está desintegrando”, me explica un importante CEO francés que se instaló en Israel hace mucho tiempo. “Entre los franceses que viven en Israel hay innumerables sectores, corrientes, subcorrientes… no es para nada homogéneo. En Francia por supuesto que hay proisraelíes, pero no es verdaderamente un grupo de personas, no está muy estructurado”. “Por supuesto que hay redes de proisraelíes, pero también hay redes de propalestinos. También hay redes de prorrusos y de antirrusos”, estima por su parte Constance Le Grip, diputada del partido Los Republicanos (LR). “Así es la vida”.

Pero el lobby proisraelí –y escogeremos este término porque en el fondo parece indiscutible– también sufre algunos reveses en Francia. “Ahora a Israel les interesan los Estados Unidos y la Unión Europea; Francia les importa un pito en Jerusalén”, constata un exembajador. Un indicador del relativo desinterés de Israel por Francia: hace más de un año que la embajadora de Israel en París, Aliza Bin-Noun, no ha sido reemplazada. Luego de dos encargadas de negocios sucesivas en 2020, Talya Lador-Freshr y luego Irit Ben-Abba Vitale, el ministro plenipotenciario de la embajada, Daniel Saada, tomó el relevo de ese largo interinato. Un diplomático israelí que ocupa un cargo en París me asegura a micrófono cerrado que eso no debe interpretarse como la señal de un supuesto enfado, sino como la consecuencia del clima político en Jerusalén, ya que el puesto de embajador israelí en Francia es uno de los once nombramientos que están a disposición del gobierno, y por lo tanto es un cargo eminentemente político. El gobierno, dividido en los últimos meses entre el Likud y la coalición Azul y Blanco, presuntamente no habría llegado a un acuerdo para seleccionar un nombre para el puesto en París. Esta historia continuará luego de las elecciones de marzo de 2021.

Un webinario de ELNET

En materia de propaganda, los esfuerzos del lobby dan vueltas en círculo en las ondas de las radios comunitarias y en los sitios web especializados. Lejos quedó la época de los encuentros como “Seis horas por Israel”, en boga durante la década de 1990, y las grandes galas de apoyo al ejército israelí en el Palacio de Congresos en París. ELNET, el principal representante del lobby, apunta menos a los judíos de Francia y la opinión pública en general que a los “líderes” franceses. Su webinario del 7 de junio de 2020 con el periodista Paul Amar como anfitrión presentaba un casting de prestigio, pero sin sorpresas: el ex primer ministro Manuel Valls, los diputados Aurore Bergé (para quien Israel es “un milagro”, lo cual es preocupante en una defensora a ultranza de la laicidad a la francesa y presidenta, por otra parte, del grupo de amistad Francia-Israel en la Asamblea Nacional), Sylvain Maillard y Meyer Habib, quien de paso acusó a la emisora radial France Inter de “inventar noticias”, bla-bla-bla… Presintiendo la exasperación incluso de los espectadores totalmente persuadidos, Paul Amar terminó cortándole la palabra y se la pasó a la diputada Constance Le Grip. Entre los otros invitados, Hassen Chalghoumi, imán de Drancy, relató por enésima vez su viaje de descubrimiento a Israel y las colonias, donde se encontró con oficiales del ejército israelí y funcionarios de las colonias. A comienzos de diciembre de 2020, el webinario de ELNET solo había cosechado unas modestas 81 reproducciones en YouTube, es decir poco más que la cantidad de participantes en esa ceremonia de lealtad.

Impedir cualquier debate

Los partidarios a ultranza del lobby, dispuestos a lanzar su contraofensiva sin tregua apenas se eleva una voz crítica, se expresan principalmente en las redes sociales. Puedo dar fe de ello. En 2017, cuando publiqué en la editorial Libertalia Mirage gay à Tel Aviv[“Espejismo gay en Tel Aviv”], una investigación sobre la elaboración de la estrategia de marketing de pinkwashing por parte las autoridades israelíes para seducir a los turistas gays occidentales, en las redes sociales me colmaron de injurias, y me amenazaron de muerte para la presentación de mi obra en librerías de Toulouse y de Ginebra.

El anatema remplaza al diálogo, el debate le cede el lugar a la injuria. Globalmente, el debate parece imposible para numerosas personalidades, algunas de ellas hartas de décadas de insultos. Sin embargo, que no haya más debate también quiere decir que no hay más tema de discusión. “La capacidad no de argumentar o de refutar, sino de prohibirle a la persona hablar se volvió muy potente”, se lamenta un exfuncionario del Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia, para quien el tema es “engañoso”. “Con el paso de los años, el debate sobre este tema se volvió casi imposible en Europa”, deplora Hubert Védrine, ex secretario general de la Presidencia de la República y ex ministro de Asuntos Exteriores. “El Likud y sus agentes en el exterior lograron hacer que cualquier crítica de la política de Israel en los territorios ocupados y de las condiciones de vida impuestas a los palestinos sea vista como antisionista, e incluso antisemita”.

“Paradójicamente, en Israel algunos intelectuales, periodistas y medios de comunicación, poco numerosos, mantienen el debate y siguen pensando que la cuestión palestina no está totalmente superada, debido a la nueva coalición contra Irán, con varios países árabes, y a la lucha general contra el islamismo”.

Pero el clima parece explosivo de un lado y del otro. “Lo que me preocupa sobre todo es el odio a los judíos y el odio a Israel, muy real y muy presente en las redes sociales”, comenta por su parte Constance Le Grip, que fue asesora en el Palacio del Elíseo durante la presidencia de Nicolas Sarkozy. “Ser amiga de Israel también implica exponerse a insultos y a injurias.”

¿Odio a los judíos? ¿Odio a Israel? ¿Odio a los palestinos? ¿Odio a la paz? ¿Desacuerdos? ¿Diálogos imposibles? ¿Mentiras y apariencias engañosas? Voy a intentar remontar algunos eslabones.

Semifracasos

El lobby proisraelí alimenta la confusión. Al equiparar cualquier crítica de la política israelí con el antisemitismo, Israel logró reforzar su club de fans, pero sobre todo provocó algunas renuncias, y numerosos silencios. “¡Cobardes! ¡Si usted supiera!”, se indigna un político de una gran ciudad. Sin embargo, al menos oficialmente, Francia no renunció por completo a su palabra. En julio último, por videoconferencia, el presidente de la república le transmitió firmemente a Benjamín Netanyahu su oposición a la anexión de los territorios palestinos ocupados, “contraria al derecho internacional”. A fines de junio, el ministro de Asuntos Exteriores, Jean-Yves Le Drian, también había condenado en el Senado un “proyecto de anexión que nos alejaría de manera irreversible del establecimiento de un Estado palestino viable, tanto en el plano político como en el económico”. Una declaración que Bertrand Heilbronn, presidente de la Asociación Francia-Palestina Solidaridad (AFPS), aplaude vivamente: “No existen mejores palabras”.

Además, a principios del verano boreal de 2020, apareció una solicitud contra la anexión firmada por numerosos parlamentarios europeos, incluidos varios legisladores del grupo Renew, perteneciente al partido La República en Marcha. Y no eran parlamentarios de segundo orden: Gilles Boyer, muy cercano al ex primer ministro Édouard Philippe, los exministros Pascal Canfin y Nathalie Loiseau, el exeditorialista de la emisora France Inter especializado en política exterior, Bernard Guetta, e incluso Stéphane Séjourné, un macroniano histórico que a partir de otoño trabaja como asesor político en el Elíseo, mientras conserva a su vez su mandato en el Parlamento Europeo.

El problema es que nadie sabe todo esto. Este código de silencio viene de larga data. El principal aliado del lobby en Francia no es la furia de algunos crispados que se vuelcan a internet, sino más bien el silencio de aquellos que deberían hablar, o al menos informar: en primer lugar, los periodistas. Y el lobby necesita a ese aliado valioso, porque los resultados no siempre están a la altura de sus esperanzas. “Son poderosos, están organizados, realizan un enorme trabajo preparatorio, y sin embargo, la prohibición del BDS2 y de las acciones de boicot no salieron bien, las maniobras sobre el antisionismo no produjeron el resultado esperado y la temporada cultural Francia-Israel no tuvo mucho éxito”, estima Bertrand Heilbronn. En reacción a estos semifracasos, el lobby proisraelí, dotado de importantes recursos financieros, acelera la marcha en Francia.

1NDT. European Leadership Network [Red Europea de Liderazgo].

2NDT: Movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones.