
El documental La fureur des houthis “El furor de los hutíes”, estrenado en 2024, presenta una escena cautivadora, que ilustra la compleja relación que mantienen los yemeníes con la globalización. El director, Charles Emptaz, sigue a dos influencers yemeníes cercanos a las autoridades hutíes desde las calles de la capital, Saná, hasta que visitan los restos del Galaxy Leader, el buque de carga rodante que los hutíes secuestraron el 19 de noviembre de 2023, en una acción de solidaridad con los palestinos, y que luego fue desviado hacia el puerto que controlan en Al Hudayda1.
El buque comercial se convirtió rápidamente en una atracción turística. Ambos influencers se filman a bordo. Desde la cubierta, uno de los hombres comenta su descubrimiento: “Este barco es verdaderamente gigante. Debe representar una pérdida enorme para Israel”.
Semejante declaración revela la brecha entre la percepción de este influencer y la realidad económica del comercio mundial, para el cual el Galaxy Leader no representa más que un buque entre muchos otros de la flota comercial de los empresarios cercanos a los intereses israelíes. Más que una atracción turística que al parecer celebra la victoria del régimen hutí frente al gobierno central yemení y el comercio mundial, esta escena deja ver no solo el aislamiento trágico de Yemen en la escena internacional sino también la eficacia de la propaganda hutí, cuyas operaciones son presentadas como una muestra de solidaridad hacia los gazatíes.
Dominantes en el territorio nacional, ignorados fuera de él
El 26 de marzo de 2015, los saudíes, a la cabeza de una coalición de países árabes que apoyaban al régimen gobernante yemení, lanzaron la operación “Tormenta decisiva”, que transformó a Yemen ante la mirada de los pocos medios de comunicación interesados en esta especie de víctima de sus vecinos del Golfo, más ricos y aliados de los poderes occidentales. El estancamiento de la guerra y la capacidad de los hutíes para requilibrar la confrontación militar llevaron gradualmente a reconsiderar cualquier lectura simplificadora y centrada en la dimensión regional del conflicto. Tras un decenio de enfrentamiento, Yemen y las partes en conflicto quedaron en una posición ambivalente en las relaciones internacionales.
En efecto, la intervención de los saudíes y de sus aliados para desbaratar a los rebeldes hutíes que habían tomado Saná en septiembre de 2014 permitió en primer lugar repeler los avances de estos últimos, liberar Adén y los territorios vecinos al estrecho de Bab el-Mandeb y romper en cierto modo el cerrojo en la ruta del mar Rojo, donde transita cerca del 20 % del comercio marítimo mundial. Pero el éxito solo fue limitado. Tras 25.000 incursiones aéreas, un bloqueo marítimo y cerca de 400.000 muertos (directos e indirectos debido a las hambrunas y la proliferación de epidemias como el cólera), según estimaciones publicadas por las Naciones Unidas, la coalición árabe sigue estancada y, hoy por hoy, en retirada. El gobierno leal yemení está atrapado en la tormenta de la fragmentación con los independentistas del sur del país. Los hutíes mantienen el control de un tercio del territorio, incluida Saná, y de la mayoría de la población. Han sabido imponerse como la principal fuerza política y militar en la escena nacional, mientras que desde 2023 desarrollan un potencial de daño innegable en el mar Rojo y en la región.
Allí está la contradicción, por no decir la paradoja de la guerra de Yemen. A pesar de un litoral marítimo de más de 2000 kilómetros que bordean el mar Rojo y el golfo de Adén, a pesar de una situación humanitaria catastrófica y de los efectos sensibles del conflicto en el comercio internacional y la seguridad regional, Yemen parece seguir siendo ignorado. La voluntad de los saudíes de retirarse, expresada desde 2022, así como la reducción de la ayuda internacional propician un deterioro del conflicto y deja a los hutíes en posición de fuerza. Estos conducen al país al repliegue y fomentan una ideología conservadora que se alinea cada vez más con Irán, a contracorriente de las aspiraciones de muchos yemeníes y de la integración de un país tan bien situado para los intercambios y el flujo de bienes y de personas. Además, las detenciones de actores humanitarios y de empleados de las agencias de la ONU en el verano boreal de 2024 demostraron la voluntad de los hutíes de retirarse del mundo, mientras fingen que su país puede vivir en autarquía, como a principios del siglo XX.
El mar Rojo, una palanca política
En febrero de 2025, la decisión del presidente estadounidense Donald Trump de clasificar a los hutíes como organización terrorista extranjera chocó con la opinión de actores humanitarios y de observadores y actores políticos yemeníes, que afirman que el movimiento rebelde se alimenta de su posición de paria en la escena internacional. Los sucesivos bombardeos que Israel, Estados Unidos y Reino Unido lanzan desde hace dieciocho meses tras la larga fase de intervencionismo saudí-emiratí tienen pocas chances de transformar el equilibrio militar. En el terreno, los antihutíes, fragmentados, permanecen a la defensiva. Además, los bombardeos tienen un alto costo para los civiles, ya que afectan la economía y la distribución de la ayuda humanitaria porque impiden, por ejemplo, el funcionamiento del aeropuerto de Saná.

Los discursos de los rebeldes, que defienden la autarquía, ocultan otra paradoja: la raigambre territorial de los hutíes –cuyos dirigentes provienen de las altas montañas del interior y promueven un repliegue identitario– en realidad solo es posible porque se articula con la globalización. El litoral marítimo del mar Rojo se ha convertido para ellos en un espacio estratégico de soberanía y de legitimidad a conquistar y defender. En 2010, seis años después del comienzo de la guerra de Sa’dah, los rebeldes hutíes, apoyados por Irán, lograron apoderarse de territorio en tres gobernaciones diferentes: Sa’dah, Hajjah (que da acceso al mar Rojo) y Al-Yauf (dotada de recursos petroleros), mientras que Alí Abdalá Salé, el expresidente de Yemen, clamaba a los cuatro vientos que los rebeldes estaban perdiendo terreno. Durante esos repetidos enfrentamientos, la toma del puerto de Midi, situado a una decena de kilómetros al sur de la frontera saudí, se convirtió en un objetivo estratégico clave. En efecto, el puerto ofrecía la posibilidad de recibir armas y apoyo logístico provenientes de Irán2.
Tras la revolución y la caída de Saleh, en 2012, los hutíes participaron en la fase de transición (2012-2014), pero centraban sus demandas en el mantenimiento del control de los territorios conquistados, sobre todo, el acceso al mar. En 2014, cuando un nuevo reparto presentado por la Conferencia de Diálogo Nacional3 los privó de la salida marítima, se apoderaron de la capital.
La costa marítima era un asunto estratégico central para los rebeldes ya desde el comienzo de la guerra, cuando tomaron el control del puerto de Al Hudayda y de la llanura litoral de Tihama, que bordea el mar Rojo. Sin embargo, no lograron mantener su presencia en Adén. Si bien perdieron algunas ciudades portuarias, sobre todo Moca, en el sur de Tihama, donde las fuerzas emiratíes desembarcaron en 2018, la perspectiva de la agravación de la crisis humanitaria que ocasionaría la pérdida de Al Hudayda (al cortar la línea de suministro de ayuda internacional hacia los territorios hutíes) alentó las negociaciones de paz. El Acuerdo de Estocolmo concedió el control de Al Hudayda a los hutíes y, a pesar de un bloqueo anunciado, propició el suministro de materiales iraníes y la instrumentalización de la ayuda humanitaria.
Palestina, una “causa nacional”
Con el frente militar congelado, los hutíes, que estaban en posición de fuerza, iniciaron en 2022 otras negociaciones en Riad. Arabia Saudita había accedido a la mayoría de sus exigencias y parecía a punto de firmar un acuerdo, pero los hutíes adoptaron una nueva estrategia en el mar Rojo que los llevó a capturar el Galaxy Leader en respuesta a las masacres ocurridas en la Franja de Gaza en el otoño boreal de 2023. A partir de ese momento, las autoridades hutíes proclamaron la defensa de Palestina como causa nacional. Desde entonces, más de un centenar de buques vinculados a Israel o a Occidente fueron atacados en el mar Rojo. El 12 de marzo, ante los bloqueos de Israel a la entrada de ayuda humanitaria a Gaza, el líder Abdul-Malik al-Houthi anunció la reanudación de los ataques tras una pausa.
Aunque no debe minimizarse el aporte de los hutíes a la causa palestina, sus ataques en el mar y a Israel parecen, antes que nada, estar al servicio de sus ambiciones políticas, tanto a nivel nacional como internacional. Tras un decenio de guerra civil, el balance de la gobernanza de las autoridades hutíes se resume a la instauración de un régimen de excepción, brutal y autoritario, justificado por el esfuerzo de guerra total. La pauperización, contenida solo gracias a la ayuda humanitaria internacional, no deja de agravarse, y la crisis de financiamiento de los programas de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (U.S. Agency for International Development, USAID) podría traer aparejadas graves consecuencias para los civiles.
En este contexto, la defensa de Palestina le ofrece a la administración hutí una tregua estratégica que le permite fortalecer su legitimidad ante la población yemení bajo su control. Las manifestaciones están prohibidas desde 2014, y el régimen organiza de manera regular importantes marchas populares en Saná y en todas las ciudades bajo su autoridad. Estas demostraciones de apoyo al pueblo palestino luego son aprovechadas por la propaganda hutí para afirmar la unidad nacional de Yemen detrás de aquellos que se posicionan como el brazo armado de una Palestina abandonada por los países musulmanes. Durante la tregua acordada en enero de 2025 entre Hamás e Israel, los dirigentes hutíes interrumpieron sus ataques, pero retomaron las armas casi dos meses después, a mediados de marzo, cuando Donald Trump ordenó bombardeos masivos en Yemen y abrió una nueva fase en la intervención militar estadounidense, mientras les prometía a los hutíes, y detrás de ellos, a Irán, un “infierno jamás visto”. La secuencia sirve como recordatorio del reto que sigue representando Yemen, olvidado del mundo, para las relaciones internacionales.
1Este carguero que enarbolaba la bandera de Bahamas, fletado por una empresa japonesa para transportar automóviles, era propiedad de una empresa británica perteneciente a un empresario israelí. Su tripulación fue liberada el 6 de febrero de 2024.
2El apoyo partía desde puertos de la costa somalí (como Berbera), o incluso desde el puerto de Yibuti, desde donde se desviaron a lo largo de todo el decenio cargamentos de nitrato de amonio.
3La institución encargada de la constitucionalización del régimen elegido en las elecciones de 2012 y de la instauración de una justicia transicional.